Hoy se cumplen setenta años del estreno de El ciudadano (Citizen Kane) de Orson Welles. Luego de todo este tiempo, sigue sorprendiéndonos por sus riquezas, sutilezas técnicas y complejidades. Una especie de equivalente de lo que pasó en la música popular con, por ejemplo, Led Zeppelin, cuyo disco debut revolucionó el panorama musical, El ciudadano hizo lo mismo para el séptimo arte. Barroca y expresionista, se destacan los planos largos, el montaje elíptico, la estructura fragmentaria, el uso de la profundidad de campo. Este hace a la complejidad en la composición de las tomas (una de las principales características de la película), donde en general se resaltan varios elementos a la vez y hay varios focos de acción en un mismo encuadre. Pero mientras que en películas posteriores Welles llega a sacrificar el plano narrativo para resaltar la belleza visual y los trucos ópticos, en El ciudadano alcanza un equilibrio singular. La película se construye a partir de la última palabra de un anciano antes de morir: Rosebud. Este hombre es Charles Foster Kane, que en sus mejores años fue un magnate del periodismo con pretensiones políticas. Un periodista es designado para buscar el significado de esta palabra, entrevistando a varias personas cercanas a él, las cuales dan sus puntos de vista, en general divergentes, sobre la vida y personalidad de Kane. Pero el misterio no le es develado a nadie más que al espectador, al final. Rosebud es el nombre del trineo que disfrutaba Kane cuando era chico. Es el símbolo de una infancia, con su inocencia y esperanza, que se fue para siempre. Kane se pasa su vida buscándola. Su pérdida no puede compensarse. Como con la canonización de la obra de Jorge Luis Borges en la literatura argentina, la presencia de El ciudadano al discutir de cine se ha vuelto absoluta e ineludible. Y, también como en el caso del escritor argentino, no se hasta que punto esta sacralización fue impuesta, con la aparición por defecto en cualquier lista como la mejor película de la historia. Pero hay que ver esta película. Hay que revisitar este dogma del cine sin prejuicios ni alabanzas desmedidas. Porque la verdad es que detrás de toda la verborragia cinéfila, de las interpretaciones, de los análisis sobre los aspectos técnicos, detrás del mismo Orson Welles, yace la historia universal de un hombre que lo tuvo todo y lo perdió para siempre. “No creo que ninguna palabra pueda explicar la vida de un hombre”, se dice al final. Yo tampoco.

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