Es que cuando llega el frío me dan ganas de leer a Onetti. Y mientras me dispongo a empezar El pozo, su primera novela, escribo sobre las dos que completan, junto con La vida breve, su trilogía esencial: El astillero y Juntacadáveres. En ambas novelas el protagonista es Junta Larsen, antihéroe arquetípico de la obra de este autor. Díaz Grey será, esta vez, mero testigo. Como La vida breve, estas novelas lidiarán con el deseo de los personajes de escapar de sus realidades mediocres para realizar sueños idealizados, para revivir momentos de verdad y belleza absoluta que tal vez nunca sucedieron y que, si lo hicieron, están enterrados para siempre por el paso del tiempo. Vamos a Juntacadáveres. Fue editada en 1964, luego de El astillero, de 1961, pero es cronológicamente anterior en el hilo argumental de la obra de Juan Carlos Onetti. Larsen, proxeneta frustrado, busca cumplir su sueño: crear un prostíbulo, administrarlo según su criterio y llevarlo adelante. Para él, “fundar el prostíbulo era (…) como actuar para Dios”. Pero, por supuesto, falla. En Onetti, no hay redención, sólo fracaso. Larsen llega a Santa María llamado por el farmacéutico Barthé, quien busca desde hace años instalar un burdel en la ciudad. Como se verá a medida que se avanza con la lectura, la intención del farmacéutico no es que “coloquen un cartel iluminado, Gran Prostíbulo Barthé, o a que la justicia anónima y popular termine por bautizarlo así”, sino cobrar una comisión de quinientos pesos por mes para ayudar a los gastos del semanario que planea publicar. La sociedad corrompida, tema recurrente, alcanza su máxima expresión en esta novela, con su resaltamiento de la hipocresía y de una forma de política impura, siempre con intereses implicados que se oponen a la visión utópica del prostíbulo que tiene el protagonista. Barthé logra que su proyecto sea aprobado (“Le votarán el prostíbulo en la primera sesión; después usted votará la concesión de la changa en el puerto y todos seremos felices”) y Larsen instala el prostíbulo. Los problemas se amontonan desde el principio. Siempre delicada y correcta, la prosa de Onetti muestra que los cadáveres del título no son otros que las putas del burdel: “las otras, las que ya estaban acorraladas por la vejez y la falta de hombre”. Además, a partir de la tensión provocada por la presencia del burdel y de las acciones tomadas por los que se oponen a él, como Marcos Bergner, su tío: el cura Bergner, las Muchachas de la Acción Cooperadora y la Liga de Decencia, el sueño no tarda en ser destruido. Pero la simpatía del lector siempre acompaña a Larsen, idealista, delirante y siempre derrotado. Por el contrario, el individuo corrompido es Marcos Bergner, quien se establece a sí mismo como el defensor del bienestar del pueblo, aunque tuvo un pasado también turbio, que incluye orgías, desventuras amorosas y un extraño y misterioso falansterio. Con todo, el sueño dura poco y, al final, Junta Larsen no sólo debe cerrar el prostíbulo sino que es desterrado por el gobernador. Con esta historia se enlaza otra, la de Jorge Malabia y Julita Bergner, su cuñada, narrada en primera persona. Se dice que “Julita, luego de enterrar a mi hermano en el cementerio de la Colonia, empezó a enloquecer”. Esto es lo que motiva que mantenga en las noches una serie de encuentros con Jorge. Estas reuniones no adquieren una índole sexual hasta el final, antes del suicidio de la viuda, que ve al parecer en el hermano de su esposo la posibilidad de mantenerlo a este vivo. Julita también cree que lleva un hijo de su difunto esposo. El tormento que le provoca esto parece motivar su suicidio. La historia de Julita vuelve a mostrar el tema del escape de la realidad, pero el enlace con la parte de Larsen no es eficaz, lo que se suma a un lenguaje reiterativo y a una estructura desprolija como una de las principales debilidades de esta novela. Ninguna de estas aparece en El astillero. En La vida breve Juan Carlos Onetti había realizado una novela total de gran rango y visión, desmesurada, en la que funda las bases temáticas y estilísticas de su narrativa. Pero es en El astillero donde alcanza su máxima concisión expresiva y el punto culminante de su estilo, envolvente, denso y enmarañado. La atmósfera de La vida breve es apenas una insinuación de la de esta novela, en donde sobresale como una de las principales cualidades la fuerte sensación opresiva, invernal y fantasmal. Esta novela narra el regreso de Junta Larsen a Santa María, cinco años después de su destierro. Pero no se instala en el pueblo, sino en una zona aledaña, Puerto Astillero, al parecer con intenciones de venganza luego de su humillante partida, de rescatar su vida perdida. Se plantea dos objetivos: llevar adelante una empresa, Petrus S.A., a cargo de un astillero, y conquistar a la hija del dueño de esta, Jeremías Petrus, en una maniobra que tal vez sería ingeniosa en otro contexto, pero en el de la novela es inútil y risible. Primero, porque la hija es idiota o está loca. Y, principalmente, porque el hecho es que el astillero está en ruinas, a pesar de que su dueño y sus dos empleados, Gálvez y Kunz, finjan que está funcionando perfectamente. El ilusorio monstruo burocrático inunda oficinas vacías. Predominan papeles viejos, la ruina general del astillero oxidado. A esta ficción levantada voluntariamente se unirá Larsen, alentado por “la locura infecciosa del viejo Petrus”. Hay alusiones a que la ficción que están viviendo es un juego, ya que saben que están fingiendo, pero también una forma de locura: “Y si ellos están locos, es forzoso que yo esté loco. Porque yo podía jugar a mi juego porque lo estaba haciendo en soledad; pero si ellos, otros, me acompañan, el juego es lo serio, se transforma en lo real. Aceptarlo así (yo, que lo jugaba porque era juego) es aceptar la locura”. Como en Juntacadáveres, Larsen se evade y comienza a vivir el juego de pretender. Cuando toma conciencia se puede ver el porqué de su huida hacia la ficción: “Larsen sintió el espanto de la lucidez (…) fuera de la farsa que había aceptado literalmente como un empleo, no había más que el invierno, la vejez, el no tener dónde ir, la misma posibilidad de la muerte”. Larsen enfrenta su realidad asumiendo la condición de vivir una mentira. Como Juan María Brausen en La vida breve, trata de trascenderla, de que se vuelva la realidad. La ficción es un refugio, pero alcanza las proporciones de un enorme monumento. Por eso, Larsen se asusta al contemplarla: “Era el miedo de la farsa, ahora emancipada, el miedo ante el primer aviso cierto de que el juego se había hecho independiente de él, de Petrus, de todos los que habían estado jugando seguros de que lo hacían por gusto y de que bastaba decir que no para que el juego cesara”. Sin embargo, llega el momento en que esa puesta en escena no se puede sostener más; ya no sirve para escapar de sus realidades miserables. Gálvez se suicida. Lo mismo le sucede a Larsen hacia el final de la novela. Petrus está en la cárcel, las pretensiones con la hija fueron infructuosas, Gálvez está muerto. Entonces se retira del juego hacia la soledad y asume su realidad, sólo para enfrentar su propia muerte.

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