martes, 24 de mayo de 2011

El pozo


El pozo, publicada en 1939, es el primer libro de Juan Carlos Onetti. Es una novela modesta y pequeña. Tal vez demasiado pequeña. La oposición con otras obras de Onetti de naturaleza expansiva y totalitaria es inevitable. Sin embargo, es importante resaltar como su cosmovisión y sus temas principales se empiezan a ver, aunque precariamente, desde su primera obra. El planteo de El pozo es prometedor, pero nunca remonta vuelo y queda sumamente poco desarrollado. Un hombre, Eladio Linacero, que ronda los cuarenta y vive solo en un cuarto demacrado, decide escribir sus memorias. “Esto que escribo son mis memorias. Porque un hombre debe escribir la historia de su vida al llegar a los cuarenta años, sobre todo si le sucedieron cosas interesantes. Lo leí no sé dónde.” En realidad, el interés de Eladio por su propia vida parece ser, curiosamente, muy limitado. Es un ser marginado que repudia la hipocresía y la corrupción de la sociedad, por lo que su conexión con esta es mínima. “Entonces me contestó que tenía razón, pensándolo bien, y que iba a buscarse un hombre que sea como un animal. No quise decirle nada, pero la verdad es que no hay gente así, sana como un animal. Hay solamente hombres y mujeres que son unos animales.” Eladio, entonces, sueña. De hecho, sus llamadas memorias son básicamente fragmentos de estos sueños, a los que llama “aventuras”, ocasionalmente matizados por recuerdos o extractos de la realidad. En base a estos compendios se construye el carácter, un tanto esquemático, del protagonista, con sus deseos y angustias. Desde las primeras páginas, Onetti, lúcido e implacable, reparte sentencias vitales casi siempre geniales y verdaderas. Pero la novela termina demasiado pronto, sin que el lector se compenetre totalmente con el personaje nunca. Algunos elementos y particularidades saltan a la vista, sin embargo. Cecilia, la antigua esposa de Eladio, es un personaje único y, aparentemente, irrepetible en la obra de este escritor. Retratada con pinceladas gruesas, apenas se insinúa en la trama, pero emerge con una fuerza inusual. En el mundo chauvinista de Onetti las mujeres suelen ser pasivas y autodestructivas en su aceptación de personajes masculinos violentos. Muchas veces son putas. Casi siempre son amorales, tan arruinadas y propensas al escapismo como los hombres, aunque en general este se expresa a través de la locura, no del escape hacia la ficción. Pero Cecilia es diferente: “tenía trajes con flores en la primavera, unos guantes diminutos y usaba pañuelos de tela transparente que llevaban dibujos de niños bordados en las esquinas”. La descripción de su atuendo ya es suficiente. En la obra del uruguayo, la apariencia física suele ser un reflejo de la personalidad y pocas veces estas alcanzan tanta ternura. Cecilia, cuando el matrimonio no da para más, en vez de someterse a una vida de miserias y dolor, se divorcia. También el protagonista muestra signos de sensibilidad inusuales: “El amor es maravilloso y absurdo e, incomprensiblemente, visita a cualquier clase de almas. Pero la gente absurda y maravillosa no abunda; y las que lo son, es por poco tiempo, en la primera juventud. Después comienzan a aceptar y se pierden.” En una de las escenas más logradas del libro, por sus resonancias y escueta poesía, se narra el intento del Eladio de revivir el pasado, el amor, repitiendo un recuerdo, tan solo un detalle, en el que ve verdad, belleza y redención. Cecilia, Ceci en ese entonces, bajando por una calle en pendiente hasta la rambla, donde él la espera. La recreación es literal. Eladio la despierta en medio de la noche, la viste tal como la recuerda y la lleva al lugar en cuestión. La implícita desesperación de Eladio por mantener vivo un sentimiento tan hermoso como agonizante y el reflejo de una sensación común a todos hacen que la escena, de poco más de una página, sea inmensamente hermosa y triste, sin necesidad de artilugios ni melodrama. El personaje repite la secuencia varias veces. Tiene “una esperanza, una posibilidad de tender redes y atrapar el pasado y la Ceci de entonces”. Pero ya es tarde. No hay nada que hacer. En el aspecto superficial, el paso y la expresión de Cecilia, seria y amarga, son distintos. Pero no es lo único que cambió. La ilusión, vuelta obsesión, muere en el contacto con la realidad. El fin del amor, encubierto por el narrador con la idealización de la juventud y el paso del tiempo: “uno se casa con una muchacha y un día se despierta al lado de una mujer”. Pocas veces Onetti sonó tan honesto.

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