Hacia fines del año pasado, cuando Mario Vargas Llosa recibió el Premio Nobel de Literatura, la Revista Ñ le dedicó una serie de notas de diversos autores, de las cuales ninguna hablaba de narrativa. El foco, por el contrario, fue la evidente volatilidad de la ideología política del escritor peruano, que en años recientes se acercó a las tendencias de derecha más marcadas. No hay mención alguna La ciudad y los perros, La casa verde, Conversación en La Catedral o La guerra del fin del mundo, obras capitales de la narrativa castellana que hacían que este premio fuera merecido y desde hace mucho. Un ejemplo claro de esta aproximación fue el artículo escrito por Abelardo Castillo, un escritor como máximo mediocre, cuyos mayores méritos literarios son un puñado de cuentos y una reescritura descarada de Rayuela bajo el título de El que tiene sed. Difícil pasar por alto una comparación entre Vargas Llosa y Castillo. Ambos tienen casi la misma edad, pero mientras el primero triunfa en Suecia y alcanza relevancia mundial, el segundo hace años que ya no aparece en la escena literaria y se dedica a un taller para aprender a escribir (no, lamentablemente, él enseña, no concurre). Lleno de contradicciones, su artículo acepta como correcta la elección de Vargas Llosa como acreedor del premio, para luego demostrar sin disimulos su ridículo resentimiento dando una lista de escritores que en su opinión se merecen más el premio. Para respaldar sus elecciones, se dedica a describir los virajes reprochables de la ideología del Nobel de Literatura, en vez de referirse a las cualidades de los escritores que postula. Recientemente, cuando se anunció que Mario Vargas Llosa daría el discurso de apertura en la próxima Feria del Libro, varios pseudo-intelectuales se mostraron en contra e insistieron en la censura del discurso, debido a que “su pensamiento siempre está al servicio de los sectores más reaccionarios, más conservadores y antipopulares”. ¿Acaso prohibir a un hombre de expresar sus ideas políticas no es una medida digna de la derecha más reaccionaria, conservadora y antipopular? Sin embargo, la frase citada, de Mario “Pacho” O’Donnell, no es una sorpresa. Detrás de una fachada de liberalismo y amigotes artistas, O’Donnell suscribe a ideas de este tenor, sólo que matizadas por el populismo y la corriente historiográfica en boga: el revisionismo, una corriente tradicionalmente de la derecha extremista, por más que luego haya alcanzado más difusión. Un ejemplo notorio es el de su último libro, La gran epopeya, best-seller y talismán para todos los que les gusta llevar el último libro exitoso bajo el brazo. Allí, Pacho O’Donnell hace una apología del gobierno rosista evitando sus características dictatoriales y resaltando por el contrario su “defensa de la soberanía nacional” en la batalla de la Vuelta de Obligado. Por donde se lo mire, más allá de cómo se distancia este “historiador” de la derecha, su pensamiento se apega a ella. Es costumbre de los gobiernos dictatoriales, en general violentos y represivos, la aparente satisfacción de los deseos de las masas populares mientras que amparan a los sectores elitistas y la elevación de sucesos en los que tienen un rol protagónico a proporciones extraordinarias (como en este caso la batalla de La Vuelta de Obligado) para distraer la atención y ganar adeptos. O’Donnell cumple con esto a lo largo del libro. Con ayuda de su disfraz de izquierda y su figura popular, desestima a la historia oficial (escrita por Mitre, Sarmiento y otros y no menos subjetiva que el revisionismo) y nos quiere hacer pensar a todos que en realidad Rosas no era tan malo. La famosa Mazorca no fue otra cosa que una herramienta de poder, designada para restaurar el orden. ¿Qué otra opción había luego de tantos años de guerras inútiles que eliminar sistemáticamente a la oposición? Aparentemente, la variedad de ideologías políticas no es aceptable, no sólo para Rosas, sino también para O’Donnell.

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